miércoles, 4 de febrero de 2009

Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara

Las lágrimas me corrían por el cuello y llegaban a la almohada y la mojaban. Quedaba un pedacito frió que se secaba enseguida.
Estaba en ese peligroso momento en el que se sufre para sentir placer de la expiación y se aumenta el sufrimiento y por lo tanto el placer, con el convencimiento de que todo es inútil, banal y sin importancia.
Yo sabia que mi situación era grave. Sabría que probablemente no iba a salir viva de ahí, pero no lloraba ni de miedo ni de desesperanza, lloraba por todo lo que había tenido que llorar y por que la culpa de todo lo que me había pasado, me pasaba y me pasaría, la tenia yo misma. Por lo tanto me merecía el mundo de tres y medio por cuatro y techo altísimo de madera y morir ahí y ni siquiera vivir sino vegetar y no volver nunca.

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