lunes, 1 de junio de 2009

Resurrecion


No estoy muerta, estoy viva. Puedo controlar mi vida, pero no mi muerte. Cuarenta Rivotriles y una botella de vino blanco me iban a matar. Me acosté pensando que no me iba a volver a despertar jamás. Escribí todas las paredes con mensajes, escribí cartas para todos. No quiero que se sientan mal, yo me moría feliz. Yo quería que todo fuera perfecto.
Ahora, cuando me den de alta tengo que ir al departamento y pintar las paredes; ordenar todos los desastres que hice. Borrar las cosas horribles. Mi pelo no lo recupero. La bañadera está llena de pelos, mechones y sangre. Esa Gillette era demasiado filosa. Pero no tanto como para cortarme las venas.
Primero fue la muñeca izquierda. Cuchillo tramontina recién comprado. Filoso. Muy, muy filoso. Nueve fueron los primeros cortes. Una vez que pensé que podía soportar el dolor seguía más abajo. Mis manos sangraban, por supuesto, pero no me desagrandaba como para morirme. De todas maneras era de noche, nadie iba a llamar a casa. Y si no me moría desangrada el rivotril y la botella de alcohol se iban a encargar de llevarme al cielo.
Once chuchillazos desangraron mi brazo derecho. Tampoco fue suficiente. No salía sangre a borbotones. Pero yo lloraba. Lloraba porque me dolía, lloraba porque tenía miedo de no morirme. Lloraba por lo que podía llegar a pasar si seguía viva.
Llegó el turno de la mano derecha. Uno, dos, tres, cinco, seis, ocho cuchillazos en la muñeca. Me dolía demasiado, demasiado como para que los cortes fueran más profundos que eso. Pero sangraban y manchaban las sábanas. Ojalá me hubiera muerto en ese momento. Hubiera sido más fácil haberme clavado un vidrio en la garganta o encerrarme en la cocina con el gas encendido.
Esa muñeca no alcanzó. Me di cuenta que la vena más poderosa es la que está del otro lado del codo... entonces me arremangué la remera ensangrentada y me hice el tajo más profundo de todos, seguido por otro que me llevó al desmayo.
A partir de allí no recuerdo casi nada. Escribí las paredes con cosas horribles. Me paré en frente del espejo y con el mismo chuchillo con que me corté las muñecas y los brazos, me corté el pelo. De a poco, dolorosamente. Valía la pena el sufrimiento. Después vino la Gillete. Me gillettée un poco de piel, corría la sangre por mi cara, pero no me importaba. La sangre se secó en mi cara. ¿Qué importaba? Si en horas iba a estar muerta.
Inconsciente, mucho más tarde llamé ocho veces a Alejandro. Y cinco veces a mi analista. No recuerdo nada de esto, son solo reconstrucciones. Quería avisarles que me moría y que era de noche y que (jaja) no iban a poder hacer nada. Pero soy tan inútil que hasta esto me salió mal.
No sé qué me despertó. Alguna de las chicas de la UCA con el teléfono. María o Pilar. No llamamos a Tessa. No llamamos a Rach de Australia. No llamamos a nadie. Y yo no sé qué día es, ni qué pasó, ni qué va a pasar. Yo estoy internada. Los médicos decidieron que la internación sea en mi casa. No puedo salir de acá si no es acompañada. No puedo estar sola en ningún lugar. Y... chicas las extraño. Las amo.
Voy a pedir licencia para ir a la UCA solamente para hacer lo del documental, necesito hacerlo. NECESITO HACERLO. Y quiero volver a mi casita, pintar las paredes, sacar esos mensajes satánicos que no se entienden... que algunos se entienden y son horribles.
¿Por qué no me morí? ¿Por qué sigo acá?
No sé cómo aparecí en esta ciudad. Me acuerdo que Pilar me acompañó al psicólogo. La llevamos en auto a Pilar a la casa... pero no volví a tener noticias suyas. Mis hermanos no saben nada, piensan que es por moda que estoy toda rapada, sin cejas y ojerosa. Es la muerte que me viene a buscarme, que está cerca, todo el tiempo, con Ana. O quizás la muerte está disfrazada de Ana.
Hoy me sacaron sangre. Cuando le mostré el brazo al enfermero no me hizo ninguna pregunta. Era obvio que me había querido suicidar. Y lo digo honestamente, lo digo orgullosamente: me quise ir de esta vida de MIERDA.

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